06/03/2010

gato negro

Plantearse obviedades puede volver loco al más sano. ¿En que piensas cuando te dejas llevar por la inercia de una escaleras mecánicas, o cuando oyes música con las manos pegadas al volante? Hundirse en reflexiones circulares que no nos llevan a ninguna parte no es algo original, es una característica humana que nos ayuda a sentirnos únicos, enterrados, con la mierda hasta el cuello, poseedores de la luz y del fuego, dueños de la incertidumbre y sedientos de respuestas.
Porque ese sentimiento de soledad frente al muro que es la masa, sin problemas y que todo comprende, es común a todos nosotros.
Yo ahora mismo estoy en el sofa de mi casa, mirando al gato negro que me observa amodorrado desde la otra esquina del salon, y el vacio me inunda como un mar negro, y me pregunto porque no puedo ser como los otros, cuando, en realidad, soy igual que todos ellos, cuando en realidad se que, tal vez, los otros no miren los ojos amarillos de ese gato negro, y lo que estan mirando sea las válvulas del motor de su coche nuevo, o las medias de cristal, o el partido de futbol, o las líneas rectas de letras proustianas, o degustando la intelectualidad posmoderna del programa de Ana Rosa. No importa, todos, en un instante concreto nos paramos y miramos al frente, y sentimos que ese frio e irritante vacio no llena de humo, nos rodea de inseguridades, de porqués, de miedos e insatisfacciones. Nos sentimos solos y únicos, tristes y alejados de esa masa-muro contra la que chocamos y a la que no entendemos, esa masa-muro compuesta por corazones pensantes que laten al compas de las agujas del reloj eterno. De nuestro reloj eterno.

1 comentarios:

• La Solipsista Sorprendida • dijo...

Me ha gustado muchísimo esto que has escrito... Me siento muy identificada, de todas formas –y por si te consuela– hay personas que miramos más frencuentemente a los ojos del gato negro, tal vez miramos demasiadas veces y de ahí nuestra insatisfacción por la búsqueda irresoluble. Somos infinitamente insaciables. Somos condenadamente humanos.
Un beso fuerte,

Julia.